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Miércoles 23 Abr 2014
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El Viejo Marinero PDF Imprimir E-mail
Escrito por Tim Appenzeller   
Sábado, 09 de Mayo de 2009 10:16

El viejo marinero

Escrito por: Tim Appenzeller el 01 de Mayo de 2009 | 12:57 pm

La tortuga laúd –la más grande, la de mayor distribución y la que bucea a mayor profundidad– ha sobrevivido durante 100 millones de años.


Una cría prueba por primera vez el agua salada en la playa de Matura, en Trinidad. Tras décadas en el mar, las hembras surgen como adultas de 270 kilogramos listas para desovar, con frecuencia en las playas donde nacieron. Los machos nunca regresan a tierra.
Foto de Brian Skerry

Un día al final del verano de 1961, un biólogo de nombre Sherman Bleakney recibió una llamada sobre una extraña criatura marina que los pescadores habían descargado en un muelle de Halifax, Nueva Escocia. Bleakney, que vivía por ahí, quedó fascinado con lo que encontró. Tumbada sobre su lomo, entre un grupo de curiosos, se hallaba una inmensa tortuga negra, que marcaba 400 kilos en la báscula. Tenía un caparazón suave como de hule, aletas frontales parecidas a alas y una enorme cabeza cónica, como munición de artillería. Bleakney se dio cuenta de que era una laúd, la mayor de las tortugas marinas.

Cuando Bleakney empezó a indagar por el puerto, se enteró de que los pescadores veían tortugas laúd nadando en las aguas canadienses con suficiente regularidad como para que al final del verano se le conociera como “temporada de tortugas”. Sólo había una conclusión, según escribió en 1965: “Evidentemente hay una incursión anual en nuestras frías aguas costeras atlánticas por parte de tortugas de origen tropical”. El origen sureño resultaba evidente, dadas las tortugas muertas que había examinado. Una tenía una ramita de manglar tropical incrustada en un ojo; otras llevaban a cuestas percebes de agua tibia. Aun así, las laúd sobrevivían y hasta se reproducían en temperaturas que acabarían con otras tortugas marinas. Aún más extraño resultaba que sus enormes estómagos contenían montones de medusas masticadas, con todo y sus punzantes tentáculos, y sus gargantas estaban forradas de espinas de siete centímetros, dirigidas hacia abajo para retener a sus resbalosas presas.

Al final, Bleakney continuó con otras investigaciones –las babosas marinas eran una pasión para él– pero los enormes animales que había encontrado en los muelles pesqueros de Nueva Escocia nunca dejaron de maravillarlo. “Era impresionante –recordó en una entrevista reciente con unos conservacionistas canadienses–: un reptil de ese tamaño que vive en aguas heladas y que se mantiene de medusas”. Casi 50 años después, los científicos aún se maravillan del poderío físico de la laúd.

Durante los últimos 25 años, los investigadores que registran a las laúd que llegan a anidar en las playas tropicales y subtropicales han dado la voz de alarma al desplomarse el número de decenas de miles, e incluso cientos de miles de tortugas, a algunos cientos hoy en día en las playas del Pacífico mexicano y centroamericano; de miles a apenas un puñado en Malasia. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza tiene a la laúd en su lista de especies seriamente amenazadas. Además, la variedad de maneras en que mueren es francamente lastimera: se enredan y se ahogan en los arreos de pesca, se asfixian con bolsas de plástico a la deriva, los barcos las atropellan, se les mata por su carne y hasta se les condena antes de nacer cuando sus nidos son saqueados y se venden sus huevos como alimento o como afrodisiaco. El linaje de las laúd data de 100 millones años atrás: “Ya estaba en las playas cuando el T. rex era el depredador más importante”, comenta Scott Eckert, de la Wider Caribbean Sea Turtle Conservation Network de la Universidad de Duke. Actualmente, en algunas partes de su hábitat, se encuentra al límite de la supervivencia.

Cuando se pasa algún tiempo con investigadores como Eckert, uno comienza a considerar a esta tortuga una sobreviviente. La laúd puede sumergirse un kilómetro y medio, cruzar océanos enteros y mantener su temperatura en aguas cercanas al punto de congelación. Vive con una dieta que muy pocas criaturas soportan; y lo más importante: siempre está abierta a nuevas opciones. Otras tortugas marinas son fieles a sus playas de desove y sitios de alimentación, lo que las hace especialmente vulnerables al incrementarse la presión humana. Sin embargo, la laúd es una oportunista y aprovecha condiciones favorables –playas vírgenes para anidar, grandes bancos de medusas– cuando las encuentra. “Estas tortugas usan todo el océano como si fuera su piscina”, dice Jeanette Wyneken, bióloga de la Universidad del Atlántico de Florida. El resultado es que, en algunas regiones, la población de tortugas laúd, de hecho, está en aumento.

 

Es primavera en la playa de Matura, 10 kilómetros de palmeras, olas y arena en la costa oriental de Trinidad. Con un golpeteo de cuerpos se impulsan hacia adelante centímetro a centímetro, suspirando y resoplando con cada esfuerzo. Las laúd están desovando.

Cada hembra se arrastra desde las olas mientras sus aletas delanteras marcan la arena al impulsarse. Finalmente se detiene para excavar. Hace un hueco con sus aletas traseras y, cuando estas ya no tocan el fondo, comienza a poner sus huevos: una reluciente pelotita blanca cada tantos segundos. Cuando ya tiene un conjunto de 80 más o menos, rellena el nido, abanicando sus aletas delanteras para aplanar el lugar. Luego se arrastra unos metros y dibuja más huellas en la arena; son nidos falsos que servirán para confundir a los depredadores. Tras dos o tres horas en la playa, y con la garganta rosada por el esfuerzo, regresa al mar.

Las laúd han desovado en la playa de Matura desde que se tiene memoria, incluso durante una mala época en las décadas de los setenta y ochenta, cuando la playa apestaba por los cadáveres de tortuga que se descomponían al sol y la arena estaba picada de huecos excavados por los traficantes de huevos. Hoy en día las tortugas desovan tranquilas, pues sus dominios se encuentran patrullados por los Vigilantes de la Naturaleza, un grupo de conservación local. Su número se ha incrementado de algunos cientos al año hace una década a quizá 3 000.

Las tortugas prácticamente invaden las playas de Trinidad. El año pasado en Grande Riviere, una playa que no alcanza ni un kilómetro de largo, 500 tortugas laúd luchaban cada noche por un lugar de desove; la marabunta era tal que escarbaban en los nidos de las demás, armando un festín para los buitres y los perros sin dueño. Con todo esto, Eckert calcula que el año pasado 8 000 laúdes visitaron Trinidad para desovar.

Las cantidades son incluso más impresionantes por los riesgos que las tortugas corren justo frente a las playas. La temporada de desove de las laúd coincide con la época en que cientos de pescadores del noreste de Trinidad despliegan una cortina de redes a unos kilómetros de la costa, esperando hacerse de un cargamento de caballa o sierra. Cada vez más, capturan tortugas de 450 kilos en lugar de peces.

En el muelle de pesca del pequeño puerto de Toco se encuentra Shazam Mohammed, delgado, sin camisa y furioso. Hace señas ante un montón de redes verdes, enredadas y cortadas.

“Todas esas redes están hechas pedazos, las han rasgado para liberar tortugas que se introdujeron en ellas la noche anterior”.

Con la esperanza de encontrar la manera de que las laúd desoven y los pescadores convivan, Eckert y sus colegas del Servicio de Pesca de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos han trabajado con gente del lugar para probar redes modificadas que atrapan menos tortugas. Mientras tanto, cada vez más pescadores buscan otras formas de ganarse la vida durante la temporada de tortugas. Aun así, Eckert y otros calculan que 1 000 o más tortugas laúd mueren cada año frente a las costas de Trinidad, ahogadas en las redes o despedazadas por los pescadores.

Y aun así, la oleada de tortugas laúd en desove aumenta, no sólo en Trinidad sino en todo el Caribe, en Santa Cruz, a lo largo de la costa norte de Sudamérica e incluso en Florida.

Detener las matanzas en las playas de desove, lo cual han logrado los Vigilantes de la Naturaleza y otras organizaciones, puede haber contribuido a esto, comenta Eckert: “Pero dudaría en afirmar que hay una relación directa entre las acciones conservacionistas y el gran incremento que hemos visto”. Opina que es demasiado pronto para que los beneficios de las patrullas playeras –salvar incontables huevos de la explotación y la venta– se noten. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto tardan las tortugas laúd en madurar. No obstante, investigaciones recientes, basadas en las capas de crecimiento de los diminutos huesos que rodean la pupila de los ojos de las tortugas laúd, sugieren que podrían tardar 30 años, lo que significaría que los recién nacidos que se han salvado en los últimos años podrían no estar contribuyendo aún al aumento en la cantidad de tortugas que llegan a las playas. A miles de kilómetros de las tibias arenas de Trinidad, otro asunto podría resultar muy beneficioso para las tortugas laúd del Atlántico.

Las tortugas laúd están hechas para viajar. En la playa están tan fuera de lugar como un submarino sobre las rocas en tierra, pero en el agua “son las criaturas más gráciles que haya visto –dice Scott Eckert–. Este es uno de los animales con mejor diseño hidrodinámico del mundo. Nadar les es tan fácil como descansar”.

A diferencia del enorme caparazón que llevan a cuestas otras tortugas, el carapacho flexible y ajustable de las laúd se fusiona tersamente con su cuello grueso y sus hombros musculosos. Siete crestas corren a lo largo de la concha; son adaptaciones, quizá, para suavizar y dirigir las corrientes de agua. La cabeza de la tortuga es una proa, mientras que el carapacho se afila hacia la parte trasera como una gota.

Hoy en día, la evidencia de las migraciones de las laúd no procede de las ramitas o los percebes con los que contaban su historia hace 40 años, sino de los transmisores satelitales que se instalan en las tortugas en las playas de desove o en el mar. Los satélites las han detectado viajando de un extremo a otro del Atlántico del Norte, desde el Caribe hasta Canadá, y al este hacia las Canarias y el Mar de Irlanda. En el Pacífico, las tortugas con transmisores han realizado el viaje más largo de todos: 10 500 kilómetros entre las playas de desove de Nueva Guinea y las aguas costeras de Oregon y California.

Sus viajes con frecuencia llevan a las laúd a aguas por debajo de los 15 ºC, más adecuadas para las ballenas y las focas que para las tortugas. No obstante, estas pueden desentenderse del frío. Si se coloca una mano sobre el carnoso cuello de una laúd, se podrá sentir una tibieza ligera, aunque definitivamente no inherente a los reptiles: esto resulta de la llamada gigantotermia, conjunto de características que puede mantener a las laúd varios grados más calientes que el agua en la que nadan. Como el término sugiere, parte de esto se debe nada menos que a la masa: los animales grandes retienen calor de forma natural. Al introducir algunas tortugas de 450 kilogramos en una cantidad equivalente de hielo (sí, este experimento de hecho se realizó y los animales se recuperaron pronto), los investigadores encontraron que el flujo de sangre que va a las aletas y regresa de ellas se cierra intermitentemente, manteniendo el calor corporal en el centro del cuerpo. A esto también coadyuva una gruesa capa lípida.

Décadas después de que Sherman Bleakney abandonó las laúd por las babosas de mar, un joven científico llamado Mike James retomó el tema. En remotos poblados de pescadores por toda Nueva Escocia, James se hizo presente y colocó afiches en que se preguntaba “¿Ha visto esta tortuga?” en letras grandes, con la fotografía de una laúd y un número telefónico gratuito. Durante el primer año, en 1998, los pescadores de la provincia reportaron 200 avistamientos.

El verano siguiente, James condujo hasta el pequeño puerto de Neil’s Harbour, en la Isla Cape Breton, en el extremo norte de Nueva Escocia, y tocó a la puerta de Bert Fricker. Este provenía de una familia de pescadores, pero las poblaciones de bacalao se habían reducido de manera estrepitosa a principios de los años noventa.

Generalmente pasaba la última parte del verano cazando peces espada, pero este también estaba desapareciendo: resulta que un espécimen de 278 kilogramos que había arponeado un mes antes había sido el último capturado en Neil’s Harbour. A esto se debió que Bert Fricker y su hermano Blair tuvieran tiempo que dedicarle al impetuoso joven con la enorme red hecha a la medida, que traía atada al techo de su auto. El joven también les tenía una petición: llévenme en su bote a pescar tortugas laúd, vivas. “Pensamos que era un chiste –dice Bert–, pero sonaba divertido”.

Desde entonces, trabajando todos los veranos hasta inicios del otoño con Bert y Blair a bordo de sus dos botes, James y sus colegas de la Canadian Sea Turtle Network de Halifax han capturado y liberado varios cientos de tortugas laúd. Cuando llevan a bordo alguno de estos animales, una de las primeras cosas que hacen es revisar que cuente con alguna etiqueta, una tira de metal incrustada en una aleta trasera o bien un microchip inyectado en el hombro por expertos en una playa de desove distante. Con los años se ha podido registrar un gran número de orígenes: el norte de Sudamérica, Centroamérica e islas caribeñas que incluyen Trinidad, y Florida. “Somos un punto de encuentro para las tortugas del Atlántico occidental”, dice James.

Las tortugas laúd recorren largas distancias y soportan el agua helada por una razón: darse un festín. Incluso desde el barco resulta claro que las tortugas están concentradas en comer. Cuando Bert o Blair ven una, esta con frecuencia muestra madejas rosadas de tentáculos de medusas que cuelgan de su hocico. Los hombres acercan el bote y se inclinan hacia afuera sosteniendo un pequeño paquete de instrumentos con una ventosa, la cual adhieren al lomo del animal. Durante las siguientes horas, el artilugio rastrea la tortuga mientras esta recorre los ricos jardines de medusas varios metros por debajo de las olas.

Las medusas son un alimento pobre: según un cálculo, tienen menos de 2 % de las calorías de un pez en forma. Aun con su económico metabolismo y nado eficiente, las laúd tienen que comer cantidades enormes. El año pasado, con una cámara incluida en el paquete de instrumentos con ventosa, James se dio una idea de semejante glotonería. En la grabación, obtenida a una profundidad de aproximadamente 18 metros, las tortugas devoran una medusa tras otra, reduciendo cada una de estas vaporosas criaturas a una nube de restos. En tres horas, una laúd comió 69 medusas de una especie llamada “melena de león”, del tamaño de una tapa de bote de basura y con un peso de cuatro kilos o más.

Con certeza había muchas medusas en los tiempos de Sherman Bleakney. Sin embargo, los científicos que se preguntan cómo las tortugas laúd del Atlántico pueden prosperar dadas las adversidades, sostienen que el mar podría ser más rico en ellas ahora. Quizá el cambio climático ha trastocado la dinámica del Atlántico del Norte al arrastrar más nutrientes que favorecen la reproducción de las medusas. O tal vez la pesca desmedida haya desencadenado el cambio en el ecosistema: los veteranos dicen que las laúd comenzaron a llegar en masa por la época en que las pesquerías de Neil’s Harbour se agotaron hace casi 20 años. Al disminuir las cantidades de bacalao, eglefino y pez espada, el cangrejo de la nieve y la langosta prosperaron, lo que para el poblado significó un nuevo salvavidas. Nadie ha llevado el registro de la población de medusas, pero James opina que podrían haberse multiplicado junto con los crustáceos. “De pronto, lo que tenemos en el panorama es un ecosistema dominado por las medusas. Las tortugas no son tontas. Por eso es que hay muchas más que antes”. Ambas posibilidades presentan la misma ironía. La actividad humana –tan dañina para el océano y la mayor parte de sus criaturas– podría estar dando impulso a las tortugas laúd.

Antes de que alguien haga una apología de la resistencia de la naturaleza, vale la pena recordar lo que ha sucedido en el Pacífico oriental. Allá, todas las circunstancias parecen jugar en contra de las tortugas: cazadores furtivos y desarrolladores en las playas, redes a la deriva y palangres en el mar, incluso el océano mismo. Las laúd del Pacífico oriental, que anidan en la costa occidental de México y Centroamérica, emigran al sur pasando el ecuador, para alimentarse en las aguas ricas en nutrientes que surgen de las profundidades del mar de Chile y Perú. Pero cada tantos años, debido a El Niño, las corrientes cambian: las corrientes ascendentes cesan y el Pacífico ecuatorial prácticamente se transforma en un desierto. En las épocas de escasez en los mares de Sudamérica, la temporada de desove durante el invierno correspondiente es muy frugal, según los investigadores, ya que sólo un puñado de hembras visita las playas que normalmente alojan 100 o más. Incluso en años de abundancia, las laúd del Pacífico oriental muestran los resultados de la escasez: en promedio, son varios centímetros más cortas que en otros océanos, anidan menos y depositan menos huevos.

El Niño ha sido más poderoso a últimas fechas, tal vez debido al efecto invernadero, aunque un ciclo natural del Pacífico, el cual dura décadas, también interviene. De cualquier forma, la escasez de alimento parece haber hecho a la población de tortugas laúd del Pacífico más vulnerable a la presión de los cazadores furtivos y los pescadores; aquí, las tortugas están a un paso de la extinción.

Aun así, hace 25 años, la población del Pacífico oriental podría haber sido la más numerosa del planeta. Tan sólo en México, playas que ahora están casi desiertas podrían haber dado cabida a casi 75 000 hembras cada año. Esta estrepitosa caída es un recordatorio de la rapidez con la que el ser humano afecta los océanos, así como de lo impredecible que resulta esta combinación con los factores naturales.

A veces, en playas de desove atestadas, se puede ver que las hembras laúd chocan: una está decidida a anidar; la otra, al terminar con esos asuntos, se dirige al agua. Ninguna cede. Ambas persisten dominadas por sus necesidades básicas, hasta que los músculos se imponen a la fricción y las tortugas logran pasar tallándose. Al observar esta competencia, uno percibe la fuerza vital que ha llevado a las laúd a superar todos los obstáculos durante 100 millones de años. Ese periodo atestiguó la caída de un asteroide gigantesco desde el cielo, el surgimiento y el derrumbe de capas de hielo, además del nacimiento y la desaparición de otras criaturas. No obstante, las tortugas laúd siguieron cruzando los océanos y conquistando las playas para anidar. A la larga –la única escala que importa en la vida de una criatura tan antigua– los humanos bien podrían ser un obstáculo más. 

Tomado de National Geographic:

http://ngenespanol.com/2009/05/01/el-viejo-marinero-articulos/ 

Actualizado ( Sábado, 06 de Junio de 2009 14:21 )
 

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